Tu precio de compra solo existe en tu cabeza: al mercado le da igual. Así funciona el sesgo de anclaje y así puedes soltar el ancla antes de que te cueste dinero.
Pongamos que compraste un piso por 300.000 €. Hoy, los pisos similares de tu zona se venden por 260.000 €. Llevas un año intentando vender el tuyo por 310.000 € "porque no voy a perder dinero". Las visitas se cuentan con una mano.
¿Te suena? Pues tiene nombre: sesgo de anclaje. Y es uno de los errores mentales que más dinero cuesta.
El anclaje es la tendencia de nuestro cerebro a quedarse pegado a un número de referencia —el ancla— y a juzgar todo lo demás en comparación con él. En finanzas, el ancla suele ser lo que pagaste: el precio de compra de tu casa, de tus acciones o de aquella criptomoneda que compraste en pleno subidón.
El problema es que ese número es irrelevante para el mercado. Al comprador de tu piso le da exactamente igual lo que pagaste tú en 2007 o en 2021. Él compara tu piso con los demás pisos disponibles hoy. Tu ancla solo existe en tu cabeza.
Esta es la idea que más cuesta aceptar, así que vamos despacio:
Si tus acciones valen hoy 6.000 € y las compraste por 10.000 €, la pregunta no es "¿cómo recupero mis 10.000?". Es: "si hoy tuviera 6.000 € en la mano, ¿compraría estas mismas acciones?". Si la respuesta es no, mantenerlas solo porque "están por debajo de mi precio" es el anclaje decidiendo por ti.
El anclaje aparece en casi cualquier decisión de vender:
El anclaje se alía con otro sesgo potente: la aversión a la pérdida. Vender por debajo de tu precio de compra obliga a convertir una pérdida "sobre el papel" en una pérdida real, y eso duele. Mientras no vendes, puedes contarte que "aún no has perdido". Es un autoengaño caro: la pérdida ya existe, la reconozcas o no. Lo único que decides es si sigues atado a un activo que quizá no comprarías hoy.
Tu precio de compra es historia; el mercado vive en el presente. Las buenas decisiones de venta se toman mirando lo que un activo vale hoy y lo que esperas de él mañana, no lo que te costó ayer. Soltar el ancla no es admitir un error: es dejar de pagarlo dos veces.
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